No ha sido fácil este ir y venir de situaciones, he tenido
momentos tremendos. Supongo que podéis imaginaros
todos los lugares en los que he estado y todos los estados por los que he
pasado en cada uno de ellos. Desde el principio, si algo tengo claro, como yo
misma, es que fui creada con un fin y aunque sea pequeña tengo entre otras
muchas cosas; fuerza, belleza y un valor intrínseco que me hace única. Lo afirmo, no es fácil ser una gota de agua
pero aquí solita un rato, deslizándome mientras espero evaporarme o ser
absorbida, puedo decir: Gracias Señor por
esta aventura.
The LitLab es una idea de Con Causa, Conexiones Creativas (www.concausa.com) The Litlab es un experimento literario, una herramienta para despertar la creatividad de quien no se quiere rendir. El amor por la literatura, la expresión artística, la cultura y el ser humano, nos une a todos los aquí participantes... Únete a esta vanguardia de apasionados
miércoles, 21 de diciembre de 2016
GRACIAS (Texto maru García. Fotografía: Carlos Marín)
viernes, 4 de mayo de 2012
La traición (Texto: Carlos Marín. Fotografía: Cecilia Vicente)
Esta mañana he roto el contrato
con la editorial que ha publicado mis libros en los últimos quince años. Cuando atravesé la puerta de aquel gran
edificio, por primera vez en muchos años sentí la libertad. Me levanté el
cuello del abrigo, encendí un cigarrillo, y tras expulsar el humo de la primera
calada, sonreí y comencé a caminar calle abajo, sin rumbo definido.
Ahora, todo vuelve a ser como al
principio. En aquella época, componía hermosos textos –o entonces me lo
parecían- que buceaban en lo más profundo del ser humano. Cuando una pequeña
editorial se interesó por mis escritos y publicó la primera novela, vendí sólo
unos centenares de ejemplares. Aquellas historias rebosaban inocencia y espontaneidad.
Yo era un ciclón de creatividad, de ideas, de personajes, de perfiles
psicológicos que plasmaba con facilidad en el papel. Fue la etapa más feliz de mi vida, aun
viviendo modestamente.
Casi sin percibirlo, a medida que
mis obras iban viendo la luz, todo iba cambiando. Comencé a aumentar mis
ingresos con columnas estúpidas en revistas no menos estúpidas, y con alguna
conferencia para pretenciosos aspirantes a intelectual. Los siguientes libros los publicó una gran
editorial. Vieron en mí, dijeron, “la nueva cara de la nueva literatura”. Yo me
lo creí. Y firmé. Y enterré mi alma.
Las novelas comenzaron a salir
con plazos de entrega. Prefabricadas. De técnica depuradísima, pero con
personajes huecos. Las similitudes entre todas ellas me resultaban odiosas, pero…
al público le gustaban, y mucho. Cada libro mío ocupaba durante meses los
puestos más altos de las listas de ventas. Paro en el escaparate de una papelería,
y allí está, en el centro, Peter Schmidt, el último romántico de pacotilla
creado por mí, y al que odio.
He asumido que ni yo, ni mi
literatura, nos parecemos a lo que soñaba años atrás. ¿Qué me ha pasado? Ya no observo a la gente para conseguir un
personaje creíble: la gente me observa a mí. No puedo recrear la humanidad,
viajando en un gran coche con las lunas tintadas. Ya no soy aquél intruso,
furtivo escrutador de los acontecimientos. Soy el invitado VIP. Mis libros se
compran por miles en los hipermercados. Pero no están en las bibliotecas. Soy
un triste millonario.
Llevo años escribiendo desatadas
relaciones amorosas. Todas iguales. Pese
a que las circunstancias de la vida les separaron, y tras sufrir en silencio su
desgracia, los dos enamorados consiguen, con la fuerza del amor, superar todas
las adversidades y romper las cadenas que los mantenían presos, huyendo para
vivir su amor en libertad. Podría ser la contraportada de cualquiera de mis
libros. Siempre parecidas. Un insulto
a mí mismo. Una traición.
Hoy he roto el contrato con mi
editorial. El editor no daba crédito a lo que le estaba diciendo. “Un autor de
éxito, en la cima de su carrera, ¿y quieres tirar todo por la borda?”. Sí.
Quiero. Todo eso se ha acabado. Mis personajes, de nuevo, van a ser
verdaderamente libres. Libres para amar con amor imperfecto. Libres para ser
codiciosos, humildes, iracundos, perezosos, generosos. Libres para que yo les
deje crecer en muchas direcciones. Para
ser lo que ellos quieran ser.
viernes, 24 de febrero de 2012
Ouì. C’est Paris… (Texto: Esperanza Robles. Fotografía: Paloma Merino)
Me queda sólo esta mañana antes del retorno, y me dejo llevar por mis pasos distraídos. Rodeo el Novotel Paris Gare MontParnasse, cuya fastuosidad me irrita, y sigo avanzando desganada hasta que, sin saber por qué, me detengo frente a las verjas del Instituto Pasteur, de nobles y elegantes proporciones. Tras sus ventanales imagino a jóvenes investigadores afanándose en su trabajo, rodeados de medios, de calor, de futuros prometedores para ellos y para tantos enfermos. Y, aunque hoy todo parece resbalarme sobre la piel helada, me vienen a la mente los avances de la ciencia, la tecnología… ¿Y qué?, me pregunto. Estamos más solos, más incomunicados, más tristes… La búsqueda permanente del hedonismo y el éxito, cimentado en la popularidad y en el dinero, no conducen más que a la insatisfacción y a la más feroz hipocresía. ¿De qué valen los adelantos? ¿De qué os valen a vosotros, investigadores, si os acabaréis encontrando solos?, pregunto sin voz, viva imagen del pesimismo, mirando hacia las ventanas del Instituto Pasteur, con sus elegantes proporciones.
De repente lo veo. Sus ojos succionan los míos. Me observan con severidad, con una rabia que aún controla. Su gesto enérgico refuerza su mirada, dura y fría como el acero. No es un hombre: es una protesta, una reivindicación, una exigencia, pero sus brazos caídos a lo largo del cuerpo parecen representar la forzada resignación ante la pasividad, ante la indiferencia, ante una realidad hostil… Me mira desde el cartel colgado, como culpándome de algo. Yo le miro desde la acera, pero no me atrevo a culparle de mi cobardía. Porque él es fuerte y no se da por vencido, porque no se resigna, porque pide, exige, lucha… Su cuerpo tenso y erguido, su cabeza firme representan el reto ante lo injusto, ante lo irreversible.
De contemplarle sin pestañear, y por el frío que se clava como agujas incandescentes en mis pupilas, siento que mi mirada se vela por la humedad. No soy capaz de leer unas palabras en francés, que guardarán relación con lo que trasmiten esos ojos inquietantes. Parpadeo, me acerco más… “No consigo leerlo”, me digo en voz alta, sin sospechar que alguien me ha oído.
-Se queja de que los investigadores no tienen medios suficientes. Pide que les vacunen contra esa carencia. He ahí su lucha –me explica una joven y amable compatriota.
-Sí –me digo pensativa, en lo que me alejo con pasos inseguros-. Mientras haya vida, hay esperanza… Luchar, sí. Como ese hombre. Como ese hombre solo frente al mundo…
Ouì. C’est Paris, en una fría mañana de invierno que, sin embargo, ha templado mi alma solitaria.
SALIDA (texto Maru García, fotografía: Eva Latonda)
Oiga, usted perdone. ¿Por donde dice que hay que salir?
Ah. Por donde indica aquella señal.
Si, si, está muy claro, lo he entendido de inmediato.
Usted perdone, es que no la había visto.
Bueno, efectivamente, es que no había mirado bien.
Hoy en día no sabe uno ni mirar ni nada.
¿Usted sabe mirar? ¿Usted sabe algo? Yo no tengo ni idea de nada, no sé que sé, que soy, quién soy, qué puedo hacer bien, qué hago mal, qué desconozco… ¿tienen señalizaciones para eso?
No, ya imaginaba.
Hombre, siempre puedo buscar en otro sitio… de todas formas ya me iba.
¡Que tenga usted un buen día!
Fugaz pero inmortal: (Texto Eva Latonda. Fotografía: Esperanza Robles)
…Por toda la playa, límpida, luminosa y pura.
¿Quién se para a hacerse eco de semejante pequeñez?
Y sin embargo, esa pequeñez es un milagro. Un milagro de vida, de respuestas, de enigmas, de ilusiones, de miedos, de vaivenes…
Qué paz sentir la soledad acompañada. Qué descanso saber que uno nunca morirá. Eternas preguntas, con respuestas eternas. ¿Se puede meter todo ese profundo y gigantesco “más” en esta pequeña cabeza?
Y sin embrago, aquí estoy. ESTOY con mayúsculas, porque soy.
Soy esto que veis, grande y pequeño al mismo tiempo, fuerte, libre y débil… y feliz.
¿Qué más puedo pedir? La vulgaridad es pasearse delante de algo hermoso y no darse cuenta de su grandeza. Gracias, sí gracias por tantas cosas. Gracias por este hermoso día, gracias por tanta belleza que se desborda, que me llena y me completa.
Capturar momentos, instantes no más, ese debería ser el gran sueño de la humanidad entera. Ese segundo fascinante que lo cambia todo, fugaz pero inmortal, perecedero pero perpetuo. Y aunque a veces todo parece un juego, nada hay más serio.
lunes, 13 de febrero de 2012
Hoteles (Texto: Paloma Merino Fotografía: Eva Latonda)
Todos los hoteles del mundo se parecen. Pero unos más que otros.
Este era igual que aquel otro, sólo que esto era París, y aquel de la memoria estaba en Berlín.
Dejó, como siempre, en la mesilla dos o tres libros y el cuaderno de notas. Y se sentó en la cama, junto a la ventana. Sólo que aquella vez faltó el peso de otro cuerpo sobre el colchón.
Cuando pasó frente al espejo sonrió. Ver su sonrisa como si todo fuera bien, le ayudaba con esa sensación tan rara. de que el mundo entero gira y en alguna extraña vuelta, uno se ha quedado parado en un punto.
Se pasó el hilo dental y después se lavó los dientes. No tenía que haberse comido las patatas, pensó. Demasiado tarde, como siempre.
El frío de las sábanas le caló hasta los huesos. Inconscientemente buscó con el pie helado otro caliente y la imagen de una carcajada en Berlín le llegó desde el pasado. Se levantó y cogió unos calcetines que no consiguieron amainar el frío. Poco a poco se fue quedando dormida con el libro entre las manos, las letras bailaban casi ya sin sentido por el sopor pero le mecían como una nana. Soñó con noches templadas y un rayo de sol que se coló por la ventaba le despertó. Todo estaba a punto de empezar.
Atados (Texto: Paloma Merino Fotografía: Maru García)
El sol está saliendo tímidamente y lo ve desde el autobús. Hace frío pero un hilo de sudor le recorre su espalda, no ha podido ni quitarse el abrigo. Luego lo sentirá helado en cuanto ponga un pie en la calle, como un río que bajara desde las más altas montañas. Demasiada gente. Todos evitan mirarse mientras sus cuerpos entran en incómoda intimidad, y parece que el último que entra tiene la culpa de tanto hacinamiento. El territorio.Le gustaría estar mirando ese amanecer en un lugar tranquilo. Fijarse en los cambios de luz, incluso a lo mejor ver reflejados los rayos en el mar. Es imposible.
Siente un poco de angustia, la bufanda se estrecha en su cuello porque el extremo se ha enganchado en el bolso de una señora malhumorada que se empeña en entrar hasta el final. Por fin la mujer se da cuenta y titubea, ese segundo de turbación le permite recuperar el extremo de la bufanda. Libera su garganta unos milímetros. Respira.
Se imagina con una página en blanco, escribiendo un libro en ese lugar donde poco antes estaba mirando el sol.
¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Cómo ha llegado a levantarse con un chirrido de despertador? A montarse en este autobús atestado, a ir hacia un trabajo que siempre imaginó, a comer o a malcomer aún no sabe muy bien con quien o sola. A dedicar la tarde a las cosas que cree que le gustan, después de solucionar tantas obligaciones como la bombilla que siempre se funde, la compra que nunca está hecha, la ropa que hay que comprar porque ya no tiene nada, la cita con ese amigo de siempre, que hace mucho que no ve…
Ha elegido esta vida. Pero siente que todos sus movimientos están coordinados y meditados desde hace mucho tiempo y que responden a ataduras que debieron forjarse no sabe cuando.
El autobús llega a su parada y con dificultad intenta salir, pero en las escaleras siente de nuevo un tirón, esta vez es el abrigo el que se ha quedado enganchado. Trata de recuperar la movilidad, pero el abrigo sigue atrapado en algún punto. Mira hacia abajo para intentar liberarlo y se encuentra con unos ojos enormes llenos de admiración, donde aún no hay sueños escritos. Una pequeña mano se aferra a su abrigo. Es un niño que casi no puede andar y busca su equilibrio un poco más allá dela mano de su padre, que está haciendo malabarismos para transportar dos mochilas, un bebé colgado como un marsupial en su pecho y a su inestable primogénito. El niño la libera sin dejar de observarla.
Siempre hay que sentirse seguro.
Cuando pisa la calle y siente el frío en la espalda, se imagina que los sueños pueden convertirse en realidad. El sol está ya en lo alto.
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